Santa Misa de Réquiem

La muerte de nuestros allegados es siempre una separación, una ruptura de la relación con el ser amado. San Pablo nos exhorta a no dejarnos abatir como aquellos que no tienen ninguna esperanza.

Lo que constituye el núcleo de la esperanza del cristiano está presente en cada Eucaristía, en la que anunciamos la muerte de nuestro Señor Jesucristo y celebramos su resurrección. Celebrar la Eucaristía es, de alguna manera, situarnos en el punto de paso entre nuestro mundo y el Reino de amor y de felicidad, que es la tierra prometida de todos los que pasan por Cristo. Él nos da testimonio: “Yo soy la puerta” –Jn 10, 9–, “nadie va al Padre, sino por mí” –Jn 14, 6–. Cristo presente en la Eucaristía reúne a todos aquellos que están aún de camino en la tierra y reconocen en él a su Salvador, el camino a la verdad y la vida. Pero el Cristo que nos recibe en la Eucaristía está también en comunión con todos aquellos que ya han dejado este mundo hacia el Padre. Cuando confiamos una intención de misa por un difunto, vivimos en Cristo Resucitado un encuentro misterioso, aunque real con aquella persona que ya ha entrado en la vida eterna. La comunión de los Santos establecida en Cristo hace vivir en comunión a los vivientes en la tierra y los vivientes en el cielo.

Unidos a Cristo en la celebración eucarística estamos en comunión con nuestros difuntos. Rogamos a Cristo por ellos, ellos ruegan a Cristo por nosotros. Estamos más allá de un simple recuerdo doloroso, vivimos dentro de una misteriosa presencia, en el seno de una comunión establecida por el don del amor de Cristo y vivificado permanentemente por el espíritu.

La antigua práctica de confiar una intención de misa por nuestros difuntos la tendríamos que fomentar más aún. Es un gesto de afecto y de vinculación con aquellos que nos han dejado, permitiendo vivir su ausencia manteniendo nuestra esperanza. Nos hace comulgar con el misterio de amor en Cristo y nos vincula unos a otros.

 

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