SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Cada 8 de diciembre la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de la
Santísima Virgen María. El dogma de fe según el cual la Madre de Jesús fue
preservada del pecado desde el momento de su concepción. Es decir, desde el
instante en que comenzó su vida humana.
A mediados del siglo XIX, el Papa Pío IX, después de recibir numerosos
pedidos de obispos y fieles de todo el mundo, ante más de 200 cardenales,
obispos, embajadores y miles de fieles católicos, declaró con su bula
“Ineffabilis Deus”:
“Que la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue
preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante
de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en
atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está
revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por
todos los fieles…»
En Roma se envió una gran cantidad de palomas mensajeras en todas las
direcciones llevando la gran noticia. Y en los 400 mil templos católicos del
mundo se celebraron grandes fiestas en honor de la Inmaculada Concepción de
la Virgen María.
Poco más de tres años después, en una de sus apariciones en Lourdes, la
Virgen María se presentó ante la humilde pastorcita Santa Bernardita
Soubirous con estas palabras: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
Actualmente son miles las iglesias dedicadas a esta advocación en todo
el mundo y millones de fieles le tienen una particular devoción. La Inmaculada
Concepción es patrona de España, es conocida como “La Purísima” en
Nicaragua, a través de la imagen de Nuestra Señora de “El Viejo”, y venerada
como la “Virgen de Caacupé” en Paraguay.
Consagración a la Inmaculada, compuesta por S. Maximiliano Kolbe
«OH Inmaculada, reina del cielo y de la tierra,
refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima,
a quien Dios confió la economía de la misericordia.
Yo……. pecador indigno, me postro ante ti,
suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y
posesión tuya.
A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades
de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad.
Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser, sin ninguna reserva,
para cumplir lo que de ti ha sido dicho:
«Ella te aplastará la cabeza» (Gen 3:15), y también:
«Tú has derrotado todas las herejías en el mundo».

Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas
me convierta en instrumento útil para introducir y aumentar tu gloria
en tantas almas tibias e indiferentes, y de este modo,
aumento en cuanto sea posible el bienaventurado
Reino del Sagrado Corazón de Jesús.
Donde tú entras oh Inmaculada, obtienes la gracia
de la conversión y la santificación, ya que toda gracia
que fluye del Corazón de Jesús para nosotros,
nos llega a través de tus manos».
Ayúdame a alabarte, OH Virgen Santa
y dame fuerza contra tus enemigos.»
Fuente documental: ACIPRENSA

 

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