Hijos de la Encarnación

Empezaría con el agradecimiento a mi tito Mariano, por enseñarme el camino de la hermandad, porque si no te enseña nadie no podrás hacerlo por ti solo.

He de agradecer también a Jesús Hidalgo y a Antonio Javier Sánchez por todo lo que aprendo de ellos y el compromiso que tienen con la hermandad. Si me tuviera que quedar con una cosa de cada uno, de Jesús diría que cada altar montado con él ha sido algo único. Ese momento de estar a solas con los titulares y a la vez con un buen amigo… esos momentos son de los mejores.

De Antonio Javier no podría quedarme con solo una actividad, una reunión… solo tengo buenos recuerdos con él.

En cuaresma, cuando vas a la capilla y entras a la Función de Regla, es como entrar en tu casa y estar rodeado por tu familia. En ocasiones, cuando paso por la puerta de la capilla me encuentro a Luis Luque o Paco Méndez siempre les pido si puedo pasar y sus palabras son cortas pero agradables: “¡Claro! Estás es tu casa”.

He vivido aún pocas experiencias a mi parecer con los miembros del grupo joven, pero todas ellas inolvidables, así que espero vivir muchas más en estos años, tales como representar a la hermandad como pude hacer en la pasada procesión del Corpus, participar en los talleres infantiles de cuaresma, en las cruces de mayo, en la operación “kilo”, en las barras… La última de estas actividades en la que he tenido la oportunidad de participar ha sido en la recogida de alimentos para los campamentos Saharauis.

Pero sin duda, hay una experiencia más bonita y que destaca sobre las demás: es ver a todos hermanos reunidos en la capilla de la hermandad un Viernes Santo a minutos de que toquen la puerta para salir en estación de penitencia. Lamentablemente el Viernes Santo del año pasado no hubo en la capilla mucha alegría ya que el tiempo no acompañó.

Por suerte la salida extraordinaria del vigésimo quinto aniversario de nuestra querida hermandad fue diferente. Ahí sí pudimos vivir esos momentos de nervios y tensión en los que te encuentras a hermanos igual de felices que tú, llorando de emoción y de ver como las puertas se abrían y daba comienzo esa salida tan esperada. El calor no era un impedimento para disfrutar del momento que se estaba viviendo.

Salir de la Basílica de San Juan de Ávila y ver toda la Corredera llena solo para ver a nuestro Cristo del Sagrado Descendimiento y Nuestra Santísima Virgen de la Encarnación fue, sin duda, una experiencia inolvidable para mí.

Ese silencio intenso en el que solo se escuchaban las voces de Paco Méndez, capataz, y de Chechu, que decían: los costeros por parejo a tierra… bueno venga de frente… ¡duro con él valientes!… seguimos de frente… ¡duro con él valientes!… hay que seguir costaleros… Y de repente el silencio se rompe cuando suena la marcha real y ahí, justamente ahí, es cuando ves y sientes lo feliz que eres al verlos en la calle cumpliendo años.

Fue una inmensa suerte la mía y la de mis compañeros acólitos vivir esa salida desde tan cerca. Un momento para la eternidad.

Animo a toda aquella persona que todavía no esté en el grupo joven a entrar en él, un grupo en el que reina el buen ambiente y el compromiso con la hermandad y sus titulares.

 

 

María Santísima de la Encarnación

El 25 de marzo es la fecha que la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Anunciación Encarnación, es decir, cuando el Ángel Gabriel fue enviado Nazaret para anunciar a la Virgen María que sería la Madre de Dios a lo que Ella respondió con su Fiat generoso: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1,38).

La Virgen de la Encarnación o Nuestra Señora de la Encarnación es una advocación mariana venerada en la religión Católica que representa a la Virgen María en el momento de la Encarnación. Esta Solemnidad se celebra junto con la Solemnidad de la Anunciación porque según la fe católica son acontecimientos casi inmediatos, ya que en la Anunciación el Ángel Gabriel le revela a la Virgen María que dará a Luz a un hijo por obra del Espíritu Santo, y ella finalmente responde: “Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mi lo que has dicho”, en ese momento sucede la Encarnación, es por esto que la Iglesia celebra los dos acontecimientos el mismo día puesto que son casi simultáneos.

El origen de la veneración a la advocación de la Encarnación es muy antiguo ya que es unos de los primeros dogmas de la iglesia que va estrechamente ligado a la doble naturaleza humana y divina de Jesucristo, por cuanto esto es declarado por los padres de la iglesia en el Credo niceno-constantinopolitano promulgado en el año 381.

Son tantas las advocaciones y conmemoraciones, como en este caso, que la Iglesia no dispone de días suficiente para ordenarlas y fecharlas por orden lógico y cronológico, pero eso no sucede en esta advocación. Si sacamos la diferencia existente entre el veinticinco de marzo, día de la Encarnación y el veinticinco de diciembre, día del nacimiento de Jesús nos encontramos que han transcurrido exactamente nueve meses.

Es María a quien Dios desde la eternidad escogió para que por obra y Gracia del Espíritu Santo concibiera al Señor hecho hombre, Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad. La Virgen le dice sí a Dios y en ese momento se encarna en el seno de María.

Era el propósito divino dar al mundo un Salvador, al pecador una víctima de propiciación, al virtuoso un modelo, a esta doncella -que debía permanecer virgen- un Hijo y al Hijo de Dios una nueva naturaleza humana capaz de sufrir el dolor y la muerte, afín de que El pudiera satisfacer la justicia de Dios por nuestras transgresiones.

El mundo no iba a tener un Salvador hasta que Ella hubiese dado su consentimiento a la propuesta del ángel. Lo dio y he aquí el poder y la eficacia de su Fíat. En ese momento, el misterio de amor y misericordia prometido al género humano miles de años atrás, predicho por tantos profetas, deseado por tantos santos, se realizó sobre la tierra. En ese instante el alma de Jesucristo producida de la nada empezó a gozar de Dios y a conocer todas las cosas, pasadas, presentes y futuras; en ese momento Dios comenzó a tener un adorador infinito y el mundo un mediador omnipotente y, para la realización de este gran misterio, solamente María es acogida para cooperar con su libre consentimiento.

 

Cuarto día de Quinario

Llegamos al cuarto día de celebración del Quinario. Hoy, de la mano de D. José Galisteo Martínez, Licenciado en Historia del Arte, nos acercamos a un magnífico análisis de nuestro misterio del Sagrado Descendimiento y de la obra del genial D. Antonio Bernal Redondo.

Antonio Bernal Redondo y la «narrativa plástica» del paso de misterio del Sagrado Descendimiento de Montilla

El ciclo de la Pasión depara un repertorio iconográfico extraordinario, el cual ha ido experimentando distintos procesos de adaptación/transformación/ampliación con el paso del tiempo; fruto de ese transcurso, es, entre otros, la representación del
descendimiento de la Cruz. Aunque nos reservemos para mejor ocasión su desarrollo evolutivo, apuntaremos brevemente que esta escena vesperal –denominada así por vincularse, según la liturgia, a la hora de Vísperas– aparece en el arte cristiano en época ya tardía (ca. siglo IX), justamente por concederle preferencia a momentos más capitales del misterio como puedan ser la Crucifixión o la Resurrección, entre otros. Sin embargo, esto no fue óbice para ir, de manera paulatina, ocupando un papel
considerable en la trasmisión de los hechos divinos, pese a que las fuentes canónicas y apócrifas no fuesen tan generosas en detalles descriptivos de dicha acción.

Sea como fuere, la plasmación material de este momento pasionista en Montilla adquiere una dimensión estética extraordinaria gracias a la maestría y solvencia del artista cordobés Antonio Bernal Redondo, quien en 1993 suscribe compromiso contractual con un grupo de jóvenes campiñeses deseosos de dotarle a su Semana Santa de pleno sentido espiritual con la incorporación de este episodio tan intenso. De este modo, nace el primer conjunto escultórico del maestro cordobés para la provincia de Córdoba, quien, hasta el momento, poseía una experiencia algo relativa en estas lides, pues sólo había finiquitado en tiempo reciente (1993) las figuras secundarias que acompañaban a Jesús de las Penas, titular cristífero de la hermandad de la Esperanza (San Andrés) de la capital.

Sin adentrarnos tampoco en los antecedentes medievales (teatro de los misterios, autosacramentales…) o en las expresiones del Barroco castellano y levantino (Gregorio Fernández o Francisco Salzillo, principalmente) del paso de misterio, la trascendencia adquirida en este ámbito por Antonio Castillo Lastrucci para nuestra región resulta innegable, ejerciendo notable influencia sus prototipos hispalenses para maestros cordobeses de posguerra, tales como Juan Martínez Cerrillo, Amadeo Ruiz Olmos o Antonio Castillo Ariza, los cuales, bien a través de nuevas hermandades bien a través de la readaptación de las ya existentes, provocarán un cambio estético considerable en los pasos procesionales de las distintas corporaciones penitenciales que no volverá a producirse hasta los primeros años de la década de 1990.

Pero no nos desviemos de la intención principal que genera este artículo: es decir, esbocemos al lector, de manera sucinta, algunas de las claves esenciales que definen a este conjunto escultórico montillano tan sobresaliente y, sobre todo, la «gramática» que oculta su discurso plástico.

Respecto a la elección iconográfica, creemos, quizá sea ésta la única condición que admitió el escultor-imaginero a la hora de afrontar el encargo por parte de aquellos jóvenes comitentes encabezados por José Antonio Carmona. Bien es cierto que, por entonces, Montilla adolecía de este episodio procesional, pero hemos de recordar al lector que el acto paralitúrgico del Descendimiento había gozado de un indiscutible protagonismo en la Semana Mayor montillana, gracias a su organización y
desarrollo desde tiempo secular por parte de la cofradía penitencial de la Soledad de Nuestra Señora, fundada en 1588, la cual congregaba a fieles y devotos en la tarde de Viernes Santo en el Calvario que precedía a la iglesia conventual de san Agustín para
tal menester, y que mantuvo tal representación hasta finales del siglo XIX.

Por supuesto, lejos quedaba en las intenciones de aquella juventud el recuperar una vieja tradición litúrgica local, ya que, en honor a la verdad, la elección de esta escena pasionista pasaba por ser la coyuntura idónea para el despliegue propio de un
paso de misterio tan en boga por entonces –que, además, permitiera ser portado a costal como otra de las novedades importadas desde la vieja Hispalis– y, como señalábamos líneas arriba, de «original» estampa para el Patrimonio Cultural de las Cofradías de la ciudad. Insistimos que el renacimiento imaginero de los años noventa del siglo pasado –en la mayoría de los casos, un proceso de «sevillanización»– trajo consigo la creación/transformación de nuevos pasos de misterio en la ciudad de Córdoba que, a buen seguro, hicieron mella en el seno de esta incipiente hermandad montillana (Santa Faz, Descendimiento, Esperanza, Cena, Redención, Humildad y Paciencia, Amor, Prendimiento…), y que, de modo coetáneo, también experimentó la hermandad salesiana de la Juventud de la localidad.

A la hora de fijar su disposición formal y trazar el esquema compositivo del conjunto, Bernal concibió un grupo clásico, cristocéntrico, sin estridencias, con un número preciso de actores, de tal modo que una mayor complejidad escenográfica
podría diluir el mensaje principal y velar al protagonista, Cristo muerto –tal vez esa «colmatación» escenográfica que pretendemos corregir sea el caso del Sagrado Descendimiento del mismo autor para Cabra (2008)–. Aquí, en el ejemplo montillano, es un «batirse en duelo» cualitativamente de tres contra tres esculturas, fruto de los primeros tanteos en estos esquemas grupales dentro del oficio por parte del escultor.

Así, de una parte, la figura de Jesucristo ya desenclavado es descendida de la cruz por José de Arimatea, ubicado en una de las escalas, al que auxilia Nicodemo desde el suelo. Y, de la otra, su Madre bajo la advocación de Encarnación –homenaje a la titular
del templo jesuita montillano–, san Juan Evangelista y María Magdalena contempla la acción.
Sin duda, la acción principal llevada a cabo por los Santos Varones es la parte
más activa, donde se concentra más la tensión generada por la acción, por el propio
movimiento generado. Asimismo, viene a marcar una distribución más vertical
potenciada por la propia cruz, si bien la diagonal producida por la altura decreciente de
las tres figuras dimensiona aún más si cabe la altura del grupo escultórico. Y, por

supuesto, la terna de cataduras son ejercicios académicos del concepto del ethos
grecolatino. En este sentido, el resto de asistentes al hecho narrado, aunque puedan
resultar seres pasivos en la acción, sus semblantes y actitudes personales contienen
distintos rictus que, si bien tampoco permiten romper el clasicismo imperante en el
tratamiento general de las facciones del conjunto, recurren a ciertas dosis de pathos
para justificar la aflicción del momento. Los extremos de esta situación se hallan en las
dos figuras femeninas; de esta suerte, mientras María Magdalena se representa
arrodillada y llorosa, tal como la tradición iconográfica nos la ha legado, lo que subraya
ese dolor/arrepentimiento/desconsuelo, la Madre del Redentor refleja una serena
grandeza, una fuerza espiritual contenida y un clasicismo tan romántico que, en otro
orden de cosas, vendrá a preludiar el ideal de belleza virginal de ciertas dolorosas
gubiadas por el artista a posteriori, alcanzando a nuestro parecer su cenit creativo con
la portentosa Virgen del Socorro localizada también en Montilla (2005).
En general, el planteamiento geométrico a base de diagonales o elementos
ovales en el alzado, así como ciertas triangulaciones en planta para la distribución de
las distintas esculturas en el plano cuadrangular dejan entrever la formación técnica
del artista en estudios de delineación, confiriéndole una solemnidad inusitada.
En principio, no podríamos localizar influencias directas respecto de otros
conjuntos o misterios afines. Quizá, a golpe de vista, haya ecos de la perfección formal
de algunos maestros de posguerra, detalles de los misterios castellanos de Gregorio
Fernández o la fuerza expresiva de la tradición escultórica andaluza con resonancias de
Montañés o de Mesa, entre otros. De cualquier modo, en esta primera etapa, Antonio
Bernal apuesta decididamente por el clasicismo formal, depurando al máximo la
técnica y huyendo de los efectos dramáticos en aras de un realismo moderado basado
en toques naturalistas idealizados. El grado de refinamiento y exquisitez se enfatiza
sobremanera al saber que fue un conjunto tallado de manera directa desde el propio
modelo académico en barro, sin emplear elementos de reproducción y de precisión
que le posibilitaran cierta facilidad en esta fase del proceso creativo, lo que, sin duda,
supuso un enorme reto artístico en su momento.
En suma, estamos ante uno de los conjuntos escultóricos más interesantes de
la revitalización en la imaginería de los últimos años del siglo XX en general y de la
producción de Antonio Bernal Redondo en particular, el cual compendia una serie de
valores históricos, culturales y estéticos de primer orden. Sin embargo, todo lo dicho
hasta el momento no cobraría carta de naturaleza si no fuese por la unción sagrada y
el celo devocional que envuelve a este grupo del Sagrado Descendimiento, que, desde
su creación, viene a traducirse como espejo donde todo cristiano debe mirarse para, a
través de las obras de caridad y de cualquier ejercicio piadoso realizado desde la
vocación de servicio y el amor infinito al prójimo, busque más allá de Su muerte la vida
misma, la salvación eterna.

José GALISTEO MARTÍNEZ
Licenciado en Historia del Arte
A Mariano César Merino,
con cariño y admiración

 

Llegamos al tercer día de celebración del Quinario

Hoy recordamos de manos de Dña. Manuela Cantos Morales, madrina de la Solemne Bendición del Señor, cómo fueron aquellos días previos y sobre todo aquel 20 de marzo de 1994.

Recordando la bendición del Señor con Dª Manuela Cantos Morales.

Es una de esas tardes de domingo, en la que la luz grisácea del invierno busca en la paleta de colores los azules de la primavera. Es una de esas ocasiones en las que estás convencido de que vas a realizar un viaje al pasado. Se abre la puerta y detrás de ella, la enternecedora mirada de quien ha sumado primaveras a golpes de vida. No ha pasado ni un segundo de este encuentro y los ojos se tornan aún más cristalinos en cuanto aflora la palabra “Hermandad” y “el Señor”.

Dª Manuela Cantos Morales, madrina de la bendición del Señor Sagrado Descendimiento, maneja con soltura, fechas, detalles y lo principal, las sensaciones de hace veinticinco años. Para ella esas sensaciones están frescas en su memoria, hasta tal punto que le acompañan día a día.

No hace falta sacar el veinticinco aniversario de la llegada del Señor, ella se encarga de recordárnoslo, ya que ese momento no fue solo el cimiento más fuerte que sujetara a la Hermandad que acababa de nacer, sino que también había supuesto para la ciudad un antes y después. Manoli recuerda a aquellos jóvenes de hace 25 años que querían “hacer algo importante: crear una Hermandad, en el seno los Jesuitas y bajo la protección y el aliento del Padre Valdés”. “Antes de la llegada del Señor, hubo muchos días de bullicio, de ir y venir al taller de Antonio, a ver el torso, los brazos; fueron unos años de mucha ilusión.”

Recuerda con todo lujo de detalle los días previos a la Solemne Bendición y el “runrún” que en Montilla se generó nada más llegar el Señor. Se propagó de boca en boca la noticia y en los días previos la feligresía de la Iglesia de la Encarnación, asombrada, pasaba las horas en torno al Señor. Los detalles de las manos, la posición de las piernas y sobre todo la semblanza de su divino rostro supuso un llevar y traer de opiniones de asombro entre los montillanos.

“Un día llego mi hijo Rafa y nos dijo que la Hermandad había pensado en nosotros para ser los padrinos del Señor. Nos miramos e inmediatamente respondí que sí encantada”. “Nosotros estábamos ahí siempre, volcados en lo que hiciera falta. Recuerdo la alegría que había en mi casa en aquellos días previos a la bendición”. “Ese día fue un día hermoso, no recuerdo haber visto el templo de la Encarnación más lleno en todos los días de mi vida. Ni en la propia novena al Beato llegué a ver más gente”.

“Muchos de mis amigos y de mis familiares dejaron las misas de 12 de sus parroquias para estar allí en ese domingo histórico para la Hermandad y que, además, fue un día muy importante y emocionante para nosotros como padrinos. Fue una ceremonia muy, muy bonita”.

“Hubo una copa de confraternidad después de la bendición y todos tenían ya la expectación de cuándo tendría lugar aquella primera salida”. “En aquella primera salida se volcó Montilla. Aún recuerdo ver desde mi balcón pasar el misterio y la emoción al ver ese manto de iris morados bajo el Señor y como aquella escena parecía transportarme realmente a aquel día de la historia”.

“El Descendimiento supuso para Montilla engrandecer un día, ya muy importante, como es el Viernes Santo”.

Después han pasado los años y habla con alegría de su época en el coro, de la unión de sus componentes, de la emoción de cantar aquellas melodías a pesar de los ensayos incluso en las frías noches de invierno. También recuerda los años malos tras la salida de los Jesuitas y la incertidumbre de encontrar una casa para nuestros titulares. “Pero esta Hermandad ha sido pionera en muchas cosas y ha sido un espejo en el que reflejarse después”.

Manoli nunca ha estado fuera de Montilla un viernes santo, presume de ello y habla con emoción de aquellos Viernes Santo de antaño, que se vivían con una pasión distinta a la actual.

“Actualmente todo es diferente. En aquellos años, al llegar la tarde del Jueves Santo, todo se paraba y ya no existía el ruido, era el día de La Pasión y era emocionante escuchar los suspiros de las personas porque ¡ya era la hora!”. Por desgracia perdió a su madre muy pequeña, pero ha heredado de su padre el amor por la Semana Santa. Junto a él y a sus hermanas acompañaba desde muy pequeña al Santo Entierro en las tardes de Viernes Santo.

Actualmente, por motivo de salud, no puede participar tan activamente en la vida de hermandad, pero como bien dice: “eso no quita que sienta lo que siente por el Descendimiento”. Habla con alegría de los pregones, de la comida de Hermandad, de las Jornadas y de tantas y tantas eucaristías en la que cantó con su querido coro.

Este año pasado, con la celebración del XXV aniversario, tuvo la ocasión de volver a reencontrarse con Fray Ricardo, que bendijo la imagen del Señor, y de emocionarse al volver a ver las fotos de aquellos primeros años, sobre todo las de la exposición “25 años de Sagrado Descendimiento”, en la que junto a Manolo García se sintió un poquito más cerca de nuestra querida y añorada Kiki Méndez.

Manoli ve la Hermandad con mucho camino por recorrer. Un punto de inflexión entiende que ha sido la construcción de la Capilla. Para ella es un orgullo que forme parte del patrimonio de Montilla. Lugar Sagrado en el que la Hermandad debe crecer y engrandecerse con trabajo e ilusión, como la de hace veinticinco años.

 

 

Hoy, segundo día de Quinario

Hoy segundo día de Quinario, recordamos de manos de N. H. D. Javier Nevado Luna como fue la llegada del Señor, y de como fueron aquellos días cargados de trabajo esfuerzo y de ilusión.

A continuación ponemos el articulo de Javier Nevado y algunas fotos.

¿Cuándo viene? ¿Cuánto falta? ¿Cómo se está quedando?

Como si fuese ayer, recuerdo estas preguntas que nos atropellaban cuando íbamos por la calle el grupo de hermanos fundadores de esta Hermandad del Descendimiento y no siempre la respuesta era fácil. Bueno, lo de cómo está quedando sí, espectacular, pero en cuestión de tiempos, los días se hacían eternos hasta que, por fin, un 19 de marzo de 1994 llegaba a su casa, la iglesia de los Jesuitas, el Cristo del Sagrado Descendimiento, el titular de nuestra Hermandad. Ese sábado, quizá uno de los días más significativos de mi vida, fue desde primera hora de la mañana una peregrinación a la capital cordobesa para trasladar al que guiaría nuestras vidas espirituales.

Se recogió la talla del Señor del taller del autor y posteriormente fuimos a la casa de José Carlos Rubio a recoger la Cruz. Una vez completa toda la expedición, nos encaminamos hacia Montilla a la que sería su casa. Venía acompañado de Antonio Bernal, el artífice de la obra, de nuestro hermano Mayor, José Antonio y como no, de Rafa, que dejó atrás toda su labor pendiente personal para dedicarse en cuerpo y alma al recibimiento del Señor.

Jaime Luque, tan emocionado como nosotros, otro “hartible” de este mundo cofrade, fue el autor de las fotografías y que han sido a lo largo de esta historia de la Hermandad “la estampa” del Señor.

Ya teníamos al Señor, la base. La unión entre los hermanos se fraguaba por días y la hermandad iba creciendo. ¿se trataba de fundar una Hermandad o de crear un proyecto de vida? Quizá una mezcla de las dos, porque a partir de ahí la Hermandad del Descendimiento de la ciudad de Montilla ha sido una gran familia que ha ido fraguándose y aumentando a través de los años, ya no solo por las personas que han querido formar parte de ella, sino por las personas que hemos ido aportando a través de nuestras familias, nuestros hijos… Al final la Hermandad es un grupo de Montillanos que tenemos un fin en común: el amor a Cristo y a su Madre María Santísima.

No podía pasar la oportunidad de compartir una anécdota solo por la cual ya ha valido la pena este proyecto y es el que lo que les voy a contar nos hace sentir que nuestra Hermandad y nuestros titulares son la base fundamental de la Fe.

Nuestro primer Viernes Santo mientras el grupo de los hermanos fundadores contemplábamos y custodiábamos el besapié del Señor, paso por allí un montillano que le decía a su mujer “esa imagen es la que yo he visto”. A dicho comentario y ante nuestro estupor, se acercó el señor con su esposa, y nos comentó que venia del hospital de una operación a corazón abierto, había estado en coma durante varios días y milagrosamente salió adelante. Nos comentaba el señor, con lágrimas en los ojos, que cuando estuvo en coma, solo veía la imagen de un cristo, y cuando lo vio no dudo, era el Señor del Sagrado Descendimiento. ¿Sería su primer milagro?…. Fuese así o no, hoy en día Nuestro Señor es un referente tanto en la Semana Santa de Montilla como en el día a día cotidiano de la ciudad, al igual que María Santísima de la Encarnación tras su bendición e incorporación a la Hermandad el año siguiente, una conjunción completa para tenerlos de referente en nuestras vidas.

Pero esto es el fruto, la semilla se germinó mucho tiempo atrás, concretamente en la ermita de San José, donde los viernes por la noche después del trabajo y de una semana larga, anhelábamos vernos unos cuantos locos para fundar una hermandad. Desde fuera nos miraban raro, y nosotros pensábamos: “pero que hay de raro en esto, si aquí estamos en la Gloria hablando de lo que más ilusión nos hace”. La verdad es que parece que fue ayer, y no cambio por nada del mundo las muchas horas dedicadas a la Hermandad: los viajes desde Sevilla con la que actualmente es mi mujer solo para asistir a los cultos y volvernos, las rifas, loterías, casetas, cabalgatas, etc. Mereció la pena, a mí y a todos los que estamos en el proyecto. Si me paro a pensarlo duró poco, hasta se echa de menos. Por eso quiero aprovechar la oportunidad para darle las gracias a todos los que decidimos emprender este camino un día y a los que continuaron la marcha para engrandecer aún más la Semana Santa de Montilla y hacer de la Hermandad del Sagrado Descendimiento una realidad viva y que va creciendo año tras año.

Gracias a Nuestro Señor del Descendimiento y a Nuestra Señora de la Encarnación por regalarnos estos 25 años de Ilusiones y que deseamos que sean muchos más. Los cultos, las convivencias en Hermanad, cada Viernes Santo y cada vez que los miramos a la cara son un regalo de ellos.

Un abrazo para todos los hermanos de un montillano desde Sevilla.

Javier Nevado Luna.

 

 

 

 

Cruz de Guía 2019

Ya está disponible nuestra publicación anual Cruz de Guía 2019 en nuestra página web. Se puede acceder a ella a través del siguiente enlace  o en el apartado de “Cruz de Guía” de nuestra página inicial.

Muchas gracias a los colaboradores.

25 años entre nosotros

Hoy celebramos el vigésimo quinto aniversario de la Bendición del Señor del Sagrado Descendimiento. Es por tanto un día muy importante para nuestra Hermandad. Debemos recordar y mantener viva aquella ilusión que hace veinticinco años, alimentando esa llama que prendió en nosotros el Señor con su llegada. Bajo su protección y amparo, hemos vivido momentos buenos y momentos malos, siendo Él nuestro refugio consuelo y luz en el camino. Nosotros pasaremos, pero Él seguirá guiando las vidas de los que vendrán.

Hoy comenzamos el Solemne Quinario, que la Hermandad consagra en Honor y Gloria a Nuestros Amantísimos Titulares. A lo largo de estos días iremos recorriendo los distintos artículos que ser han dedicado al Señor del Sagrado Descendimiento, en nuestra revista de Cuaresma “Cruz de Guía”. Esperamos que sean de su interés.

 

 

 

XXII Jornadas Cofradieras Cera y Costal

Las Jornadas Cofradieras “Cera y Costal” se han convertido ya en un clásico dentro de las actividades que organiza nuestra Hermandad.

Este año, en su vigesima segunda edición, contaremos con los siguientes actos:

– Concierto de la Banda de Cornetas y Tambores de Nuestra Señora de la Salud de Córdoba.

Precio: 4 euros. Puntos de venta: Papelería la Administración y Calzados Inma Merino.

Sábado 30 de marzo, a las 21 h.

Lugar: Teatro Garnelo.

–  Conferencia audiovisual a cargo de D. Jorge Manuel Rodríguez Almenar, Presidente del CENTRO ESPAÑOL DE SINDONOLOGIA y del EQUIPO DE INVESTIGACIÓN DEL CENTRO ESPAÑOL DE SINDONOLOGIA, con el título:

“LA SÁBANA SANTA A LA LUZ DE LA CIENCIA”.

Domingo 31de marzo, a las 12:30 horas.

Lugar: Capilla del Sagrado Descendimiento