Decreto sobre la Solemnidad de Santiago Apóstol, Patrono de España

Con motivo de la Solemnidad de Santiago apóstol, Patrono de España del próximo Jueves día 25 de Julio (fiesta de precepto en el calendario católico), nuestro pastor, el Señor Obispo ha firmado un decreto en el que se recogen las normas que siguen:

  1. Se mantiene el precepto de dicha solemnidad, con obligación de participar en la celebración de la Eucaristía.
  2. Se dispensa de la obligación del descanso a aquellos fieles que por sus compromisos laborables no puedan hacerlo.

Solemnidad del Corpus Christi

El próximo Domingo 23 de Junio tendrá lugar la festividad del Corpus Christi. Como es habitual, nuestra Hermandad estará representada en el cortejo de la procesión. Además, con motivo del XXV Aniversario de la Bendición de Nuestro Señor Jesucristo en su Sagrado Descendimiento, nuestra Corporación Penitencial instalará un altar en la Basílica de San Juan de Ávila al paso de Jesús Sacramentado en la custodia monumental.

Por ello os invitamos a acompañar a su Divina Majestad en éste día tan importante para Montilla y para los que somos cristianos. La Santa Misa será en la Parroquia de Santiago Apóstol a las 19:30 horas y a continuación saldrá la solemne procesion por las calles de Montilla.

¡Alabado sea por siempre Jesús Sacramentado!

 

Cuarto día de Quinario

Llegamos al cuarto día de celebración del Quinario. Hoy, de la mano de D. José Galisteo Martínez, Licenciado en Historia del Arte, nos acercamos a un magnífico análisis de nuestro misterio del Sagrado Descendimiento y de la obra del genial D. Antonio Bernal Redondo.

Antonio Bernal Redondo y la «narrativa plástica» del paso de misterio del Sagrado Descendimiento de Montilla

El ciclo de la Pasión depara un repertorio iconográfico extraordinario, el cual ha ido experimentando distintos procesos de adaptación/transformación/ampliación con el paso del tiempo; fruto de ese transcurso, es, entre otros, la representación del
descendimiento de la Cruz. Aunque nos reservemos para mejor ocasión su desarrollo evolutivo, apuntaremos brevemente que esta escena vesperal –denominada así por vincularse, según la liturgia, a la hora de Vísperas– aparece en el arte cristiano en época ya tardía (ca. siglo IX), justamente por concederle preferencia a momentos más capitales del misterio como puedan ser la Crucifixión o la Resurrección, entre otros. Sin embargo, esto no fue óbice para ir, de manera paulatina, ocupando un papel
considerable en la trasmisión de los hechos divinos, pese a que las fuentes canónicas y apócrifas no fuesen tan generosas en detalles descriptivos de dicha acción.

Sea como fuere, la plasmación material de este momento pasionista en Montilla adquiere una dimensión estética extraordinaria gracias a la maestría y solvencia del artista cordobés Antonio Bernal Redondo, quien en 1993 suscribe compromiso contractual con un grupo de jóvenes campiñeses deseosos de dotarle a su Semana Santa de pleno sentido espiritual con la incorporación de este episodio tan intenso. De este modo, nace el primer conjunto escultórico del maestro cordobés para la provincia de Córdoba, quien, hasta el momento, poseía una experiencia algo relativa en estas lides, pues sólo había finiquitado en tiempo reciente (1993) las figuras secundarias que acompañaban a Jesús de las Penas, titular cristífero de la hermandad de la Esperanza (San Andrés) de la capital.

Sin adentrarnos tampoco en los antecedentes medievales (teatro de los misterios, autosacramentales…) o en las expresiones del Barroco castellano y levantino (Gregorio Fernández o Francisco Salzillo, principalmente) del paso de misterio, la trascendencia adquirida en este ámbito por Antonio Castillo Lastrucci para nuestra región resulta innegable, ejerciendo notable influencia sus prototipos hispalenses para maestros cordobeses de posguerra, tales como Juan Martínez Cerrillo, Amadeo Ruiz Olmos o Antonio Castillo Ariza, los cuales, bien a través de nuevas hermandades bien a través de la readaptación de las ya existentes, provocarán un cambio estético considerable en los pasos procesionales de las distintas corporaciones penitenciales que no volverá a producirse hasta los primeros años de la década de 1990.

Pero no nos desviemos de la intención principal que genera este artículo: es decir, esbocemos al lector, de manera sucinta, algunas de las claves esenciales que definen a este conjunto escultórico montillano tan sobresaliente y, sobre todo, la «gramática» que oculta su discurso plástico.

Respecto a la elección iconográfica, creemos, quizá sea ésta la única condición que admitió el escultor-imaginero a la hora de afrontar el encargo por parte de aquellos jóvenes comitentes encabezados por José Antonio Carmona. Bien es cierto que, por entonces, Montilla adolecía de este episodio procesional, pero hemos de recordar al lector que el acto paralitúrgico del Descendimiento había gozado de un indiscutible protagonismo en la Semana Mayor montillana, gracias a su organización y
desarrollo desde tiempo secular por parte de la cofradía penitencial de la Soledad de Nuestra Señora, fundada en 1588, la cual congregaba a fieles y devotos en la tarde de Viernes Santo en el Calvario que precedía a la iglesia conventual de san Agustín para
tal menester, y que mantuvo tal representación hasta finales del siglo XIX.

Por supuesto, lejos quedaba en las intenciones de aquella juventud el recuperar una vieja tradición litúrgica local, ya que, en honor a la verdad, la elección de esta escena pasionista pasaba por ser la coyuntura idónea para el despliegue propio de un
paso de misterio tan en boga por entonces –que, además, permitiera ser portado a costal como otra de las novedades importadas desde la vieja Hispalis– y, como señalábamos líneas arriba, de «original» estampa para el Patrimonio Cultural de las Cofradías de la ciudad. Insistimos que el renacimiento imaginero de los años noventa del siglo pasado –en la mayoría de los casos, un proceso de «sevillanización»– trajo consigo la creación/transformación de nuevos pasos de misterio en la ciudad de Córdoba que, a buen seguro, hicieron mella en el seno de esta incipiente hermandad montillana (Santa Faz, Descendimiento, Esperanza, Cena, Redención, Humildad y Paciencia, Amor, Prendimiento…), y que, de modo coetáneo, también experimentó la hermandad salesiana de la Juventud de la localidad.

A la hora de fijar su disposición formal y trazar el esquema compositivo del conjunto, Bernal concibió un grupo clásico, cristocéntrico, sin estridencias, con un número preciso de actores, de tal modo que una mayor complejidad escenográfica
podría diluir el mensaje principal y velar al protagonista, Cristo muerto –tal vez esa «colmatación» escenográfica que pretendemos corregir sea el caso del Sagrado Descendimiento del mismo autor para Cabra (2008)–. Aquí, en el ejemplo montillano, es un «batirse en duelo» cualitativamente de tres contra tres esculturas, fruto de los primeros tanteos en estos esquemas grupales dentro del oficio por parte del escultor.

Así, de una parte, la figura de Jesucristo ya desenclavado es descendida de la cruz por José de Arimatea, ubicado en una de las escalas, al que auxilia Nicodemo desde el suelo. Y, de la otra, su Madre bajo la advocación de Encarnación –homenaje a la titular
del templo jesuita montillano–, san Juan Evangelista y María Magdalena contempla la acción.
Sin duda, la acción principal llevada a cabo por los Santos Varones es la parte
más activa, donde se concentra más la tensión generada por la acción, por el propio
movimiento generado. Asimismo, viene a marcar una distribución más vertical
potenciada por la propia cruz, si bien la diagonal producida por la altura decreciente de
las tres figuras dimensiona aún más si cabe la altura del grupo escultórico. Y, por

supuesto, la terna de cataduras son ejercicios académicos del concepto del ethos
grecolatino. En este sentido, el resto de asistentes al hecho narrado, aunque puedan
resultar seres pasivos en la acción, sus semblantes y actitudes personales contienen
distintos rictus que, si bien tampoco permiten romper el clasicismo imperante en el
tratamiento general de las facciones del conjunto, recurren a ciertas dosis de pathos
para justificar la aflicción del momento. Los extremos de esta situación se hallan en las
dos figuras femeninas; de esta suerte, mientras María Magdalena se representa
arrodillada y llorosa, tal como la tradición iconográfica nos la ha legado, lo que subraya
ese dolor/arrepentimiento/desconsuelo, la Madre del Redentor refleja una serena
grandeza, una fuerza espiritual contenida y un clasicismo tan romántico que, en otro
orden de cosas, vendrá a preludiar el ideal de belleza virginal de ciertas dolorosas
gubiadas por el artista a posteriori, alcanzando a nuestro parecer su cenit creativo con
la portentosa Virgen del Socorro localizada también en Montilla (2005).
En general, el planteamiento geométrico a base de diagonales o elementos
ovales en el alzado, así como ciertas triangulaciones en planta para la distribución de
las distintas esculturas en el plano cuadrangular dejan entrever la formación técnica
del artista en estudios de delineación, confiriéndole una solemnidad inusitada.
En principio, no podríamos localizar influencias directas respecto de otros
conjuntos o misterios afines. Quizá, a golpe de vista, haya ecos de la perfección formal
de algunos maestros de posguerra, detalles de los misterios castellanos de Gregorio
Fernández o la fuerza expresiva de la tradición escultórica andaluza con resonancias de
Montañés o de Mesa, entre otros. De cualquier modo, en esta primera etapa, Antonio
Bernal apuesta decididamente por el clasicismo formal, depurando al máximo la
técnica y huyendo de los efectos dramáticos en aras de un realismo moderado basado
en toques naturalistas idealizados. El grado de refinamiento y exquisitez se enfatiza
sobremanera al saber que fue un conjunto tallado de manera directa desde el propio
modelo académico en barro, sin emplear elementos de reproducción y de precisión
que le posibilitaran cierta facilidad en esta fase del proceso creativo, lo que, sin duda,
supuso un enorme reto artístico en su momento.
En suma, estamos ante uno de los conjuntos escultóricos más interesantes de
la revitalización en la imaginería de los últimos años del siglo XX en general y de la
producción de Antonio Bernal Redondo en particular, el cual compendia una serie de
valores históricos, culturales y estéticos de primer orden. Sin embargo, todo lo dicho
hasta el momento no cobraría carta de naturaleza si no fuese por la unción sagrada y
el celo devocional que envuelve a este grupo del Sagrado Descendimiento, que, desde
su creación, viene a traducirse como espejo donde todo cristiano debe mirarse para, a
través de las obras de caridad y de cualquier ejercicio piadoso realizado desde la
vocación de servicio y el amor infinito al prójimo, busque más allá de Su muerte la vida
misma, la salvación eterna.

José GALISTEO MARTÍNEZ
Licenciado en Historia del Arte
A Mariano César Merino,
con cariño y admiración

 

Llegamos al tercer día de celebración del Quinario

Hoy recordamos de manos de Dña. Manuela Cantos Morales, madrina de la Solemne Bendición del Señor, cómo fueron aquellos días previos y sobre todo aquel 20 de marzo de 1994.

Recordando la bendición del Señor con Dª Manuela Cantos Morales.

Es una de esas tardes de domingo, en la que la luz grisácea del invierno busca en la paleta de colores los azules de la primavera. Es una de esas ocasiones en las que estás convencido de que vas a realizar un viaje al pasado. Se abre la puerta y detrás de ella, la enternecedora mirada de quien ha sumado primaveras a golpes de vida. No ha pasado ni un segundo de este encuentro y los ojos se tornan aún más cristalinos en cuanto aflora la palabra “Hermandad” y “el Señor”.

Dª Manuela Cantos Morales, madrina de la bendición del Señor Sagrado Descendimiento, maneja con soltura, fechas, detalles y lo principal, las sensaciones de hace veinticinco años. Para ella esas sensaciones están frescas en su memoria, hasta tal punto que le acompañan día a día.

No hace falta sacar el veinticinco aniversario de la llegada del Señor, ella se encarga de recordárnoslo, ya que ese momento no fue solo el cimiento más fuerte que sujetara a la Hermandad que acababa de nacer, sino que también había supuesto para la ciudad un antes y después. Manoli recuerda a aquellos jóvenes de hace 25 años que querían “hacer algo importante: crear una Hermandad, en el seno los Jesuitas y bajo la protección y el aliento del Padre Valdés”. “Antes de la llegada del Señor, hubo muchos días de bullicio, de ir y venir al taller de Antonio, a ver el torso, los brazos; fueron unos años de mucha ilusión.”

Recuerda con todo lujo de detalle los días previos a la Solemne Bendición y el “runrún” que en Montilla se generó nada más llegar el Señor. Se propagó de boca en boca la noticia y en los días previos la feligresía de la Iglesia de la Encarnación, asombrada, pasaba las horas en torno al Señor. Los detalles de las manos, la posición de las piernas y sobre todo la semblanza de su divino rostro supuso un llevar y traer de opiniones de asombro entre los montillanos.

“Un día llego mi hijo Rafa y nos dijo que la Hermandad había pensado en nosotros para ser los padrinos del Señor. Nos miramos e inmediatamente respondí que sí encantada”. “Nosotros estábamos ahí siempre, volcados en lo que hiciera falta. Recuerdo la alegría que había en mi casa en aquellos días previos a la bendición”. “Ese día fue un día hermoso, no recuerdo haber visto el templo de la Encarnación más lleno en todos los días de mi vida. Ni en la propia novena al Beato llegué a ver más gente”.

“Muchos de mis amigos y de mis familiares dejaron las misas de 12 de sus parroquias para estar allí en ese domingo histórico para la Hermandad y que, además, fue un día muy importante y emocionante para nosotros como padrinos. Fue una ceremonia muy, muy bonita”.

“Hubo una copa de confraternidad después de la bendición y todos tenían ya la expectación de cuándo tendría lugar aquella primera salida”. “En aquella primera salida se volcó Montilla. Aún recuerdo ver desde mi balcón pasar el misterio y la emoción al ver ese manto de iris morados bajo el Señor y como aquella escena parecía transportarme realmente a aquel día de la historia”.

“El Descendimiento supuso para Montilla engrandecer un día, ya muy importante, como es el Viernes Santo”.

Después han pasado los años y habla con alegría de su época en el coro, de la unión de sus componentes, de la emoción de cantar aquellas melodías a pesar de los ensayos incluso en las frías noches de invierno. También recuerda los años malos tras la salida de los Jesuitas y la incertidumbre de encontrar una casa para nuestros titulares. “Pero esta Hermandad ha sido pionera en muchas cosas y ha sido un espejo en el que reflejarse después”.

Manoli nunca ha estado fuera de Montilla un viernes santo, presume de ello y habla con emoción de aquellos Viernes Santo de antaño, que se vivían con una pasión distinta a la actual.

“Actualmente todo es diferente. En aquellos años, al llegar la tarde del Jueves Santo, todo se paraba y ya no existía el ruido, era el día de La Pasión y era emocionante escuchar los suspiros de las personas porque ¡ya era la hora!”. Por desgracia perdió a su madre muy pequeña, pero ha heredado de su padre el amor por la Semana Santa. Junto a él y a sus hermanas acompañaba desde muy pequeña al Santo Entierro en las tardes de Viernes Santo.

Actualmente, por motivo de salud, no puede participar tan activamente en la vida de hermandad, pero como bien dice: “eso no quita que sienta lo que siente por el Descendimiento”. Habla con alegría de los pregones, de la comida de Hermandad, de las Jornadas y de tantas y tantas eucaristías en la que cantó con su querido coro.

Este año pasado, con la celebración del XXV aniversario, tuvo la ocasión de volver a reencontrarse con Fray Ricardo, que bendijo la imagen del Señor, y de emocionarse al volver a ver las fotos de aquellos primeros años, sobre todo las de la exposición “25 años de Sagrado Descendimiento”, en la que junto a Manolo García se sintió un poquito más cerca de nuestra querida y añorada Kiki Méndez.

Manoli ve la Hermandad con mucho camino por recorrer. Un punto de inflexión entiende que ha sido la construcción de la Capilla. Para ella es un orgullo que forme parte del patrimonio de Montilla. Lugar Sagrado en el que la Hermandad debe crecer y engrandecerse con trabajo e ilusión, como la de hace veinticinco años.