Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de 2019

La Santa Sede difundió este martes 26 de febrero el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de este 2019 titiulado “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”, en el que hace un llamado a la conversión mediante el ayuno, la oración y la limosna.

“Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que ‘será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios’. No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales”.

A continuación, el texto completo del mensaje del Papa Francisco:

“La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24).

Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención.

Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca.

Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo.

El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1).

Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.

Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.

Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3).

Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión.

Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.

Fuente: aciprensa.com

Festividad de los Fieles Difuntos

Hoy, primero de noviembre se celebra la fiesta de Todos los Santos. Para toda la Iglesia es una gran celebración porque hay gran fiesta en el cielo. Para nosotros es una gran oportunidad de agradecer todos los beneficios, todas las gracias que Dios ha derramado en personas que han vivido en esta tierra y que han sido como nosotros, con las mismas debilidades, y con las fortalezas que vienen del mismo Dios.

Hoy es un buen día para reflexionar todo el bien espiritual y material que por intercesión de los santos hemos obtenido y tenemos hasta el día de hoy, pues los santos que desearon la Gloria de Dios desde aquí en la tierra lo siguen deseando en la visión beatifica, y comparten el mismo deseo de Nuestro Señor Jesucristo de que todos los hombres se salven, que todos los hombres glorifiquen a Nuestro Señor.

Esta fiesta tiene su origen durante la persecución de los cristianos por el emperador Diocleciano, al causarse muchas muertes no se podía celebrar una rememoración en nombre de cada una de ellas, por lo que se decidió establecer un día, aunque no fue hasta el S. VII, y gracias a Bonifacio III, que en el año 609 se declaró la fiesta de Todos los Santos en el mes de mayo. Fue el Papa Gregorio III en el siglo VIII quien cambio la fecha a la actual, día 1 de noviembre. En España, tenemos la costumbre de visitar el cementerio para llevar flores como ofrenda a los familiares fallecidos.

 

 

 

Así luce Nuestra Madre, María Santísima de la Encarnación con motivo de la festividad de los fieles difuntos.

Viste saya y manto de terciopelo negro. En la cintura, cíngulo trenzado con terminación de borlas en oro. En su mano derecha sostiene la corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo y en la izquierda, un pañuelo elaborado en seda y bordado en hilo de oro. Por último, estrena un nuevo tocado en color blanco.

Ataviada magistralmente por D. Javier Aguilar Cejas, quien lo hace de manera ininterrumpida desde el año 1995.

Uno de los principales fines de toda cofradía

Uno de los principales fines de toda cofradía, es la formación cristiana de sus hermanos y desde nuestra hermandad hemos puesto empeño en ello. Al comenzar su andadura esta nueva Junta de Gobierno se propuso organizar un grupo de formación cristiana que facilitase a los hermanos de nuestra corporación que no hubiesen recibido el sacramento de la confirmación el poder hacerlo. De conformidad y a propuesta de nuestro conciliario D. Ángel Lara el grupo se abrió a todos los feligreses de nuestra parroquia de San Francisco Solano y en general a cualquier vecino de Montilla que quisiera prepararse para la confirmación.

Comenzaron las catequesis en el mes de Noviembre y se han impartido todos los viernes hasta el mes de Junio en el que ha finalizado la preparación y formación de estos catecúmenos que recibirán próximamente en Septiembre el sacramento de la Confirmación.

El descendimiento de Jesús de la Cruz

Ha muerto pronto, más de lo que era usual para un crucificado que tardaba en morir ahogándose por asfixia y cansancio algunos días. Los pocos que le eran fieles estaban al pie de la cruz y bajan –solicitado y obtenido el permiso de Pilato- el cuerpo muerto de Jesús. Contemplad los rostros, mirad la tristeza y la impotencia que sienten viendo la injusticia que se ha cometido con Cristo y cómo ha quedado su cadáver. Lo depositan en el regazo de su Madre. La Virgen María recibe el Cuerpo de Cristo. Lo recibe con la misma obediencia con que lo concibió por obra del Espíritu en su seno. Antes, todo fue luz; ahora, las tinieblas se ciernen sobre la tierra.

Para recibir el cuerpo de Jesús sólo hay una actitud espiritual posible, el amor, la reverencia, la adoración, pues ese Cuerpo bendito es el Cuerpo del Hijo de Dios hecho hombre. María recibe el Cuerpo de Cristo inmolado. Nos conmueve la piedad y ternura del momento. Pero también hoy es real la posibilidad de recibir el cuerpo del mismo Cristo, y lo recibimos y acogemos en cada comunión, en el acto mismo de comulgar. El pan consagrado ya es el mismo Jesucristo pero ahora Glorioso, Vivo, Fuerte.

¡Qué poder más eficaz y santificador tiene la comunión cuando se comulga con devoción, recogimiento, fervor, hambre de Cristo y en gracia de Dios! ¡Qué terrible y triste, por el contrario, tantas comuniones rutinarias, sin amor, sin examinar, sin prepararse ni dar gracias después! Las almas progresarían mucho en santidad si sus comuniones fueran fervorosas, con unción, piedad y amor.

Cuerpo de Cristo místico es la Iglesia, cuya Cabeza es el Señor y nosotros miembros suyos; Cuerpo de Cristo es la Iglesia y recibimos este Cuerpo eclesial, significado en el Sacramento, con amor. ¿Acaso habría otra forma de recibir a la Iglesia, más que con amor?, ¿otra manera que no sea “sentir con la Iglesia”, obedecer a sus pastores, profesar la fe ortodoxa, celebrar fielmente la liturgia según sus normas, vivir la vida moral que brota del Bautismo? ¿Acaso se puede recibir a la Iglesia si no es amándola apasionadamente, con obediencia y aportándole lo nuestro y a nosotros mismos? Es verdad que tiene arrugas y heridas pero éstas son las debilidades, los defectos, los pecados, el orgullo, el protagonismo, la ambición, de quienes la formamos y que ensombrecen y afean su belleza sin igual.

¡Santa Iglesia, Cuerpo de Cristo que recibimos de la Virgen! “Alabada sea también esta gran Madre por el Misterio divino que nos comunica, introduciéndonos en él por la doble puerta que constantemente está abierta de su Doctrina y de su Liturgia. Alabada sea por el perdón que nos garantiza. Alabada sea por los hogares de vida religiosa que suscita y protege, y cuya llama sostiene. Alabada sea por el mundo interior que nos descubre y en cuya explotación nos lleva de su mano. Alabada sea por el deseo y la esperanza que fomenta en nosotros. Alabada sea también por todas las ilusiones que desenmascara y disipa en nosotros, a fin de que nuestra adoración sea pura. ¡Alabada sea esta gran Madre! Madre casta, ella nos infunde y nos conserva una fe siempre íntegra, que ningún decaimiento humano ni abatimiento espiritual, por profundo que sea, es capaz de afectar. Madre fecunda, no cesa de darnos por el Espíritu Santo nuevos hermanos… Madre venerable, ella nos garantiza la herencia de los siglos”

La Encarnación de la Santísima Virgen María

El 25 de marzo es la fecha que la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Anunciación Encarnación, es decir, cuando el Ángel Gabriel fue enviado Nazaret para anunciar a la Virgen María que sería la Madre de Dios a lo que Ella respondió con su Fiat generoso: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1,38).

Es María a quien Dios desde la eternidad escogió para que por obra y Gracia del Espíritu Santo concibiera al Señor hecho hombre, Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad. La Virgen le dice sí a Dios y en ese momento se encarna en el seno de María.

Era el propósito divino dar al mundo un Salvador, al pecador una víctima de propiciación, al virtuoso un modelo, a esta doncella -que debía permanecer virgen- un Hijo y al Hijo de Dios una nueva naturaleza humana capaz de sufrir el dolor y la muerte, afín de que El pudiera satisfacer la justicia de Dios por nuestras transgresiones.

El mundo no iba a tener un Salvador hasta que Ella hubiese dado su consentimiento a la propuesta del ángel. Lo dio y he aquí el poder y la eficacia de su Fíat. En ese momento, el misterio de amor y misericordia prometido al género humano miles de años atrás, predicho por tantos profetas, deseado por tantos santos, se realizó sobre la tierra. En ese instante el alma de Jesucristo producida de la nada empezó a gozar de Dios y a conocer todas las cosas, pasadas, presentes y futuras; en ese momento Dios comenzó a tener un adorador infinito y el mundo un mediador omnipotente y, para la realización de este gran misterio, solamente María es acogida para cooperar con su libre consentimiento.

El Vía Crucis

El Vía crucis es seguramente la más antigua y la más hermosa de las devociones populares, con las cuales se ha hecho posible la meditación del evangelio de la pasión.

Cuando se habló en el siglo IV del hallazgo de la cruz de Cristo, los peregrinos que llegaban a Jerusalén se encontraron ya con una tradición establecida que ligaba con determinados lugares los acontecimientos más importantes de la pasión del Señor. El peregrino hacía este recorrido para recordar piadosamente los principales hechos allí acaecidos.

«Vía crucis» son dos palabras latinas cuyo significado podría traducirse como «camino de la cruz». Condenado a muerte y cargado del madero, que había de ser el instrumento de nuestra redención, Jesús hizo este itinerario de dolor desde el pretorio de Pilato hasta el monte Calvario (Mt 27, 22-61; Mc 15; Lc 23; Jn 19). Era el primer Viernes Santo.

Hoy, el recuerdo entrañable de estos momentos de la vida de Jesús se ha convertido en oración. El Vía crucis consiste en seguir espiritualmente este mismo trayecto, deteniéndose ante 14 escenas o estaciones para meditar los sufrimientos de Jesucristo y unirse interiormente con Él.

La estructura actual de las catorce estaciones tomó forma en el siglo XVIII, pero siempre había existido un margen de flexibilidad en esta oración.

El Vía crucis tradicional es un ejercicio devocional que combina la imagen y la idea, la acción exterior y la disposición interior, la verdad histórica y la creación del espíritu religioso.

Invitamos a todos los hermanos de nuestra corporación y a todos los montillanos a vivir este “camino de la cruz” en nuestra capilla del Sagrado Descendimiento, en el Vía Crucis Parroquial de hoy viernes 23 de Febrero a las 21,00 horas con el rezo del Santo Rosario media hora antes.

 

«Lléname con tu Espíritu, dame tu luz»

La Hermandad del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Santo Nombre de Jesús, María Santísima de la Encarnación y San Juan de Ávila desde su vocalía de Evangelización, y unidos a la labor pastoral de nuestra parroquia de San Francisco Solano, informa a los hermanos y devotos de nuestra Corporación que, próximamente, se iniciará una formación para recibir el Sacramento de la Confirmación, estando a disposición, igualmente, a todas aquellas personas que sin pertenecer a nuestra Cofradía esté interesado en prepararse para tal Sacramento.

Es intención de nuestra Hermandad comenzar la catequesis en el próximo mes de Octubre. Para ello, ponemos a disposición de todo aquel que desee informarse o incorporarse al grupo, el siguiente correo electrónico:
vocaliaevangelizacion@sagradodescendimiento.es o comunicarlo al siguiente teléfono móvil, 639672732.

Para la inscripción, será necesario aportar el nombre y apellidos de la persona y un número de teléfono de contacto.

Mediante esta propuesta, la Hermandad desea transmitir la importancia que la vida sacramental tiene para todo cristiano y cofrade pues, con la confirmación, se refuerza y complementa la obra del Bautismo. Así, el bautizado se fortalece con el don del Espíritu Santo, se une más con la iglesia y se fortalece para ser testigo de Jesucristo, a quien es capaz de defender su fe y transmitirla. Con la confirmación, nos convertimos en cristianos maduros y podremos llevar una mejor vida cristiana.

Este Sacramento se funda el día de Pentecostés; cuando los apóstoles y discípulos se encontraban reunidos, cincuenta días después de la resurrección. Estaban temerosos, no entendían lo que había pasado, creían que todo había sido en vano, se sentían tristes. Entonces, descendió el Espíritu Santo sobre ellos, quedando transformados desde ese momento, pues dejaron de tener miedo, de este modo se lanzaron a predicar y a bautizar.

La Confirmación es nuestro “Pentecostés personal”. El Espíritu Santo está actuando continuamente sobre la Iglesia de modos muy diversos, la Confirmación (al descender el Espíritu Santo sobre nosotros) es una de esas formas en que Él se hace presente.

 

Es la hora de los laicos

Con este sencillo lema viene anunciando la Iglesia a lo largo del siglo XX la importancia de los seglares en la vida de la Iglesia y consiguientemente en la evangelización del mundo contemporáneo.

Desde Pío XI y el despliegue de la Acción Católica, que puso a los laicos en la vanguardia de la Iglesia, deseosos de aplicar la doctrina social de León XIII, pasando por Pio XII hasta llegar al Concilio Vaticano II, donde queda consagrada la doctrina y el impulso misionero de los laicos en la evangelización del mundo contemporáneo.

Una de las luces del Vaticano II ha sido la inserción de los laicos en el misterio de la Iglesia como parte integrante de la misma para ser sal de la tierra y luz del mundo, para ser levadura en la masa, fermento en medio del mundo, a fin de ordenar los asuntos temporales según Dios.

Dos polos definen la identidad eclesial del laico: Por una parte, su incorporación a Cristo y su pertenencia a la Iglesia por el bautismo y la confirmación; y por otra parte, su inserción en el mundo, con la misión de transformarlo desde dentro. Y todo ello, en la comunión eclesial, en comunión con los pastores, los consagrados y los demás laicos.

Y dos son, por tanto, los peligros más señalados del laicado: Su falta de identidad cristiana, su disimulo cristiano en un mundo que se aleja de Dios; o su falta de incisión en el mundo donde vive, porque se ha desfigurado su identidad cristiana por falta de compromiso. Vivir en el mundo sin ser del mundo, he ahí la tensión en la que ha de vivir un laico. “No son del mundo, como yo no soy del mundo”, dice Jesús (Jn 17, 14).

El seglar participa de la misión de la Iglesia, llevar al mundo la buena noticia de la salvación, según su propia vocación y misión. No sólo anuncia de palabra, sino testimonia con su vida y con sus obras que es posible una vida nueva por la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones. Y realiza esta tarea en comunión eclesial con los pastores, con los consagrados y con los demás miembros del Pueblo de Dios.

Un peligro eclesial que acecha a toda agrupación de seglares es la de pensar que el grupo en el que vive y alimenta su fe es imprescindible en la Iglesia y es el mejor de todos los que existen. Desde esta actitud se entra en rivalidades y competitividades impropias de quienes se sienten miembro de un Cuerpo, en el que todos somos necesarios y nadie es imprescindible. Una actitud así se cuida sólo de lo propio, de sus obras, de sus apostolados. Y no se integra en el conjunto. Es lo que el Papa llama frecuentemente autorreferencialidad, que tarde o temprano lleva a la esterilidad pastoral.

Y otro peligro es el clericalismo que no deja crecer a los mismos seglares. Papa Francisco lo ha denunciado varias veces: a veces los curas quieren ocuparlo todo, y así no dejan crecer a los seglares. Y muchos seglares se sienten a gusto así, porque les ahorra asumir responsabilidades. Pero por una razón o por otra, la Iglesia entera no crece, y por el contrario pierde el frescor y la lozanía que le caracterizan.

Por todo esto, se nos ha convocado a un Encuentro diocesano de laicos y la fecha fijada para dicho Encuentro es el 7 de octubre de 2017. Para este encuentro ya comenzó una preparación el 8 de octubre de 2016 en la que una comisión preparatoria fijo unos objetivos:

-Manifestar nuestra fe y la alegría del Evangelio.

-Vivir por nuestra pertenencia a la Iglesia la alegría del Evangelio.

-Profundizar que la Iglesia es un misterio de comunión.

-Cómo afrontar los retos del presente especialmente el campo de la familia, de la vida y de la mujer.

Así pues en octubre de 2017, nuestra Iglesia Diocesana celebrará un gran acontecimiento eclesial que impulsará de manera extraordinaria nuestra pastoral en el seno del apostolado seglar, el Encuentro Diocesano de Laicos (EDL). Con el lema “Unidos para que el mundo crea”, los seglares de nuestra Diócesis de Córdoba nos encontraremos en una jornada de reflexión, celebración, convivencia y manifestación de fe que nos impulse, desde la alegría de nuestra pertenencia a la Iglesia, a un nuevo compromiso de evangelización en todos los campos y ambientes de los que formamos parte en el mundo. Estamos convocados a este EDL todos los seglares de la Diócesis, los provenientes de parroquias, los seglares vinculados a carismas religiosos, los que pertenecen a hermandades y cofradías y todos los que desarrollan su actividad en el apostolado seglar a través de movimientos, asociaciones, grupos y realidades laicales.

Desde la Junta de Gobierno animamos a todos los cofrades de nuestra hermandad a participar en dicho encuentro que como se ha dicho anteriormente se celebrara en próximo 7 de Octubre de 2017 en Córdoba.

Para participar es necesario realizar una inscripción gratuita, el siguiente enlace nos lleva directamente al formulario de inscripción tanto individual como grupal.

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Origen del culto a la Eucaristía fuera de la misa

En estas fechas tan especiales en las que celebramos la festividad del Corpus Christi es interesante saber cuándo y de qué forma surge en la Iglesia esta costumbre.

Centralidad de la Eucaristía

Desde el principio del cristianismo, la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de toda la vida de la Iglesia. Como memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo Salvador, como sacrificio de la Nueva Alianza, como cena que anticipa y prepara el banquete celestial, como signo y causa de la unidad de la Iglesia, como actualización perenne del Misterio pascual, como Pan de vida eterna y Cáliz de salvación, la celebración de la Eucaristía es el centro indudable del cristianismo.

Normalmente, la Misa al principio se celebra sólo el domingo, pero ya en los siglos III y IV se generaliza la Misa diaria.

En los siglos primeros, a causa de las persecuciones y al no haber templos, la conservación de las especies eucarísticas se hace normalmente en forma privada, y tiene por fin la comunión de los enfermos, presos y ausentes.

Esta reserva de la Eucaristía, al cesar las persecuciones, va tomando formas externas cada vez más solemnes.

Las Constituciones apostólicas -hacia el 400- disponen ya que, después de distribuir la comunión, las especies sean llevadas a un sacrarium. El sínodo de Verdun, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía «en un lugar eminente y honesto, y si los recursos lo permiten, debe tener una lámpara permanentemente encendida».

Estos signos expresan la veneración cristiana antigua al cuerpo eucarístico del Salvador y su fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía. Todavía, sin embargo, la reserva eucarística tiene como fin exclusivo la comunión de enfermos y ausentes; pero no el culto a la Presencia real.

Ha de advertirse, sin embargo, que ya por esos siglos el cuerpo de Cristo recibe de los fieles, dentro de la misma celebración eucarística, signos claros de adoración, que aparecen prescritos en las antiguas liturgias. Especialmente antes de la comunión -Sancta santis, lo santo para los santos-, los fieles realizan inclinaciones y postraciones:

«San Agustín decía: «nadie coma de este cuerpo, si primero no lo adora», añadiendo que no sólo no pecamos adorándolo, sino que pecamos no adorándolo»

Por otra parte, la elevación de la hostia, y más tarde del cáliz, después de la consagración, suscita también la adoración interior y exterior de los fieles. Hacia el 1210 la prescribe el obispo de París, antes de esa fecha es practicada entre los cistercienses, y a fines del siglo XIII es común en todo el Occidente. En nuestro siglo, en 1906, San Pío X, «el papa de la Eucaristía», concede indulgencias a quien mire piadosamente la hostia elevada, diciendo «Señor mío y Dios mío»

Primeras manifestaciones del culto a la Eucaristía fuera de la Misa

La adoración de Cristo en la misma celebración del Sacrificio eucarístico es vivida, como hemos dicho, desde el principio. Y la adoración de la Presencia real fuera de la Misa irá configurándose como devoción propia a partir del siglo IX, con ocasión de las controversias eucarísticas. Por esos años, al simbolismo de un Ratramno, se opone con fuerza el realismo de un Pascasio Radberto, que acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía, no siempre en términos exactos.

Conflictos teológicos análogos se producen en el siglo XI. La Iglesia reacciona con prontitud y fuerza unánime contra el simbolismo eucarístico de Berengario de Tours (+1088). Su doctrina es impugnada por teólogos como Anselmo de Laón (+1117) o Guillermo de Champeaux (+1121), y es inmediatamente condenada por un buen número de Sínodos (Roma, Vercelli, París, Tours), y sobre todo por los Concilios Romanos de 1059 y de 1079 (Dz 690 y 700).

En efecto, el pan y el vino, una vez consagrados, se convierten «substancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo, nuestro Señor». Por eso en el Sacramento está presente totus Christus, en alma y cuerpo, como hombre y como Dios.

Estas enérgicas afirmaciones de la fe van acrecentando más y más en el pueblo la devoción a la Presencia real.

A partir del siglo XIII y a pesar de que se dan numerosas degradaciones en referencia a la eucaristía pero también se producen en esta época grandes avances de la devoción eucarística. Entre otros muchos, podemos considerar el testimonio impresionante de san Francisco de Asís (1182-1226). Poco antes de morir, en su Testamento, pide a todos sus hermanos que participen siempre de la inmensa veneración que él profesa hacia la Eucaristía y los sacerdotes.

Santa Juliana de Mont-Cornillon y la fiesta del Corpus Christi

A partir del año 1208, el Señor se aparece a santa Juliana (1193-1258), primera abadesa agustina de Mont-Cornillon, junto a Lieja. Esta religiosa es una enamorada de la Eucaristía, que, incluso físicamente, encuentra en el pan del cielo su único alimento. El Señor inspira a santa Juliana la institución de una fiesta litúrgica en honor del Santísimo Sacramento. Por ella los fieles se fortalecen en el amor a Jesucristo, expían los pecados y desprecios que se cometen con frecuencia contra la Eucaristía, y al mismo tiempo contrarrestan con esa fiesta litúrgica las agresiones sacrílegas cometidas contra el Sacramento por cátaros, valdenses, petrobrusianos, seguidores de Amaury de Bène, y tantos otros.

Bajo el influjo de estas visiones, el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, instituye en 1246 la fiesta del Corpus. Hugo de Saint-Cher, dominico, cardenal legado para Alemania, extiende la fiesta a todo el territorio de su legación. Y poco después, en 1264, el papa Urbano IV, antiguo arcediano de Lieja, que tiene en gran estima a la santa abadesa Juliana, extiende esta solemnidad litúrgica a toda la Iglesia latina mediante la bula Transiturus. Esta carta magna del culto eucarístico es un himno a la presencia de Cristo en el Sacramento y al amor inmenso del Redentor, que se hace nuestro pan espiritual.

La nueva devoción, sin embargo, ya en la misma Lieja, halla al principio no pocas oposiciones. El cabildo catedralicio, por ejemplo, estima que ya basta la Misa diaria para honrar el cuerpo eucarístico de Cristo. De hecho, por un serie de factores adversos, la bula de 1264 permanece durante cincuenta años como letra muerta.

Prevalece, sin embargo, la voluntad del Señor, y la fiesta del Corpus va siendo aceptada en muchos lugares: Venecia, 1295; Wurtzburgo, 1298; Amiens, 1306; la orden del Carmen, 1306; etc. Los títulos que recibe en los libros litúrgicos son significativos: dies o festivitas eucharistiæ, festivitas Sacramenti, festum, dies, sollemnitas corporis o de corpore domini nostri Iesu Christi, festum Corporis Christi, Corpus Christi, Corpus…

El concilio de Vienne, finalmente, en 1314, renueva la bula de Urbano IV. Diócesis y órdenes religiosas aceptan la fiesta del Corpus, y ya para 1324 es celebrada en todo el mundo cristiano.

El culto eucarístico se generaliza

Las exposiciones mayores se van implantando en el siglo XV, y siempre la patria de ellas «es la Europa central. Alemania, Escandinavia y los Países Bajos fueron los centros de difusión de las prácticas eucarísticas, en general»

La exposición del Santísimo recibe una acogida popular tan entusiasta que ya hacia 1500 muchas iglesias la practican todos los domingos, normalmente después del rezo de las vísperas. Con el fin de que nunca cese el culto de fe, amor y agradecimiento a Cristo, presente en la Eucaristía, nacen las Cofradías del Santísimo Sacramento, que «se desarrollan antes, incluso, que la festividad del Corpus Christi.

Las devociones eucarísticas, que hemos visto nacer en centro Europa, arraigan de modo muy especial en España, donde adquieren expresiones de gran riqueza estética y popular, como los seises de Sevilla o el Corpus famoso de Toledo.

Las Asociaciones y Obras eucarísticas se multiplican en los últimos siglos: la Guardia de Honor, la Hora Santa, los Jueves sacerdotales, la Cruzada eucarística, etc.

Atención especial merece hoy, por su difusión casi universal en la Iglesia Católica, la Adoración Nocturna, asociación iniciada en París por Hermann Cohen el 6 de diciembre de 1848, hace, pues, más de ciento cincuenta años.

Otra celebración eucarística especial es la adoración eucarística de las Cuarenta horas que tiene su origen en Roma, en el siglo XIII. Esta costumbre, marcada desde su inicio por un sentido de expiación por el pecado -cuarenta horas permanece Cristo en el sepulcro-, recibe en Milán durante el siglo XVI un gran impulso a través de San Antonio María Zaccaria (+1539) y de San Carlos Borromeo después (+1584). Clemente VIII, en 1592, fija las normas para su realización. Y Urbano VIII (+1644) extiende esta práctica a toda la Iglesia.

La adoración eucarística tendrá también su eco en la vida religiosa creándose institutos especialmente centrados en la veneración de la Eucaristía algunos muy antiguos, como los monjes blancos o hermanos del Santo Sacramento, fundados en 1328 por el cisterciense Andrés de Paolo. Pero estas fundaciones se producen sobre todo a partir del siglo XVII, y llegan a su mayor número en el siglo XIX.

También destacar los congresos eucarísticos el primer congreso eucarístico internacional se celebra en Lille en 1881, y desde entonces se han seguido celebrando ininterrumpidamente hasta nuestros días.

Epilogo

El culto a la Eucaristía fuera de la Misa llega, en fin, a integrar la piedad común del pueblo cristiano. Muchos fieles practican diariamente la visita al Santísimo. En las parroquias, con el rosario, viene a ser común la Hora santa, la exposición del Santísimo diaria o semanal, por ejemplo, en los Jueves eucarísticos.