María Santísima de la Encarnación

“María nos precede y nos acompaña, El silencioso itinerario que inicia con su Inmaculada Concepción y pasa por el ‘sí’ de Nazaret que la hace la Madre de Dios, encuentra en el Calvario un momento particularmente señalado. También allí, aceptando y asintiendo al sacrificio de su Hijo, es María la aurora de la Redención, Crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado (cf. Gal 2:20), contemplaba con caridad heroica la muerte de su Dios, “consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado” (Lumen Gentium, 58) … Efectivamente, en el Calvario, Ella se unió a si misma con el sacrificio de su Hijo que tendía a la formación de la Iglesia,_ su corazón materno compartía hasta el fondo la voluntad de Cristo ‘de reunir en uno todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11:52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María merecía convertirse en la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de su unidad … Efectivamente, el rol de María como Corredentora no cesó con la glorificación de su Hijo”

Juan Pablo II

¿Por qué llora la Virgen?
En esta tierra el amor y el dolor van muy juntos. S. Juan de la Cruz nos decía:“quien no sabe de penas no sabe de amores” 

Y es por esto que Cristo en el Sermón de la Montaña nos dio como tercera bienaventuranza: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt. 5,5,)

El dolor, si no eleva y sublima, abate y aplasta. Por eso no todo dolor y llanto es bienaventurado. Las lágrimas que Jesús proclama bienaventuradas son las que de alguna manera se refieren al reino de Dios y se contraponen al reino del mundo.

“Vosotros llorareis y gemiréis, y el mundo se alegrará” (Jn 16,20)

 

Invocación a la Virgen
María, hija de Israel, tú has proclamado la misericordia ofrecida a los hombres, de edad en edad, por el amor misericordioso del Padre.

María, Virgen Santa, Sierva del Señor, tú has llevado en tu seno el fruto precioso de la Misericordia divina.

María, tú que has guardado en tu corazón las palabras de salvación, testimonias ante el mundo la absoluta fidelidad de Dios a su amor.

María, tú que seguiste a tu Hijo Jesús hasta el pie de la cruz con el fiat de tu corazón de madre, te adheriste sin reserva al servicio redentor.

María, Madre de misericordia, muestra a tus hijos el Corazón de Jesús, que tú viste abierto para ser siempre fuente de vida.

María, presente en medio de los discípulos, tú haces cercano a nosotros el amor vivificante de tu Hijo resucitado.

María, Madre atenta a los peligros y a las pruebas de los hermanos de tu Hijo, tú no cesas de conducirles por el camino de la salvación.
Lc 1, 26-33 “A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a Nazaret, pueblo de Galilea, a visitar a una joven virgen comprometida para casarse con un hombre que se llamaba José, descendiente de David. La virgen se llamaba María. El ángel se acercó a ella y le dijo: –¡Te saludo,* tú que has recibido el favor de Dios! El Señor está contigo. Ante estas palabras, María se perturbó, y se preguntaba qué podría significar este saludo. -No tengas miedo, María; Dios te ha concedido su favor –le dijo el ángel–. Quedarás encinta y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Él será un gran hombre, y lo llamarán Hijo del Altísimo. Dios el Señor le dará el trono de su padre David, y reinará sobre el pueblo de Jacob para siempre. Su reinado no tendrá fin.”

Gv 19, 25 “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la esposa de Cleofas….“
Jn 19, 26-27 “Cuando Jesús vio a su madre, y a su lado al discípulo a quien él amaba, dijo a su madre: –Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: –Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento ese discípulo la recibió en su casa.

Una mujer que terminaría siendo la madre del crucificado injustamente “entre bandidos” (Mc. 15,10; Mt. 27,24; Lc. 23,2-5, 13-15; Mc. 17,27). María de Nazaret, no solamente fue pobre sino que siempre estuvo al lado de los pobre (Lc. 1,39.56; Jn. 2,1-5), y como Dios, con El, claramente rechazó a los soberbios, a los poderosos, a los ricos.
Dios hace esa “gracia”, hace Inmaculada, a la mujer que nace, vive pobre y asume la causa de los pobres.