La Encarnación de la Santísima Virgen María

El 25 de marzo es la fecha que la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Anunciación Encarnación, es decir, cuando el Ángel Gabriel fue enviado Nazaret para anunciar a la Virgen María que sería la Madre de Dios a lo que Ella respondió con su Fiat generoso: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1,38).

Es María a quien Dios desde la eternidad escogió para que por obra y Gracia del Espíritu Santo concibiera al Señor hecho hombre, Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad. La Virgen le dice sí a Dios y en ese momento se encarna en el seno de María.

Era el propósito divino dar al mundo un Salvador, al pecador una víctima de propiciación, al virtuoso un modelo, a esta doncella -que debía permanecer virgen- un Hijo y al Hijo de Dios una nueva naturaleza humana capaz de sufrir el dolor y la muerte, afín de que El pudiera satisfacer la justicia de Dios por nuestras transgresiones.

El mundo no iba a tener un Salvador hasta que Ella hubiese dado su consentimiento a la propuesta del ángel. Lo dio y he aquí el poder y la eficacia de su Fíat. En ese momento, el misterio de amor y misericordia prometido al género humano miles de años atrás, predicho por tantos profetas, deseado por tantos santos, se realizó sobre la tierra. En ese instante el alma de Jesucristo producida de la nada empezó a gozar de Dios y a conocer todas las cosas, pasadas, presentes y futuras; en ese momento Dios comenzó a tener un adorador infinito y el mundo un mediador omnipotente y, para la realización de este gran misterio, solamente María es acogida para cooperar con su libre consentimiento.

Día de Todos los Santos

Desde hace más de un milenio, a partir del siglo IX, la Iglesia Católica celebra el 1 de noviembre la solemnidad litúrgica de Todos los Santos, día de precepto.

En ese mismo contexto celebrativo y temporal, los monjes benedictinos de la célebre abadía de Cluny, comenzaron también a celebrar al día siguiente, 2 de noviembre, la conmemoración de los fieles difuntos, que pronto se extendería por toda la Iglesia y ya en el siglo XIV tenía, también, lugar en Roma.

Ambas celebraciones están unidas por el denominador común de la vida eterna después de la vida terrena. Han sido y siguen siendo muy populares, tanto es así que el mes de noviembre se considera el mes de las ánimas, tiempo propicio para rezar por los difuntos y reflexionar sobre la llamada doctrina de la Iglesia de los “Novísimos” o Escatología, que no es sino el dogma cristiano de la resurrección de los muertos y la respuesta al sentido de la vida y de la muerte.

El 2 de noviembre es el día de la conmemoración de los fieles difuntos.
Que nuestro Señor Jesucristo en su Sagrado Descendimiento y su bendita Madre, María Santísima de la Encarnación, reciban a aquellos que han partido ya hacia la Gloria, en especial a los hermanos de nuestra Corporación, y sean su acogimiento en la vida eterna.